Soy un animal de techo, pero vivo en una cloaca, sin saberlo.
Pienso que lo veo todo desde aquí arriba, pero la verdad es que no tomo real conciencia de lo que pasa a mi alrededor.
Camino con aire triunfante, engañándome, pensando que todo lo sé, y que todos me ven. Cuando en realidad todos los bichos que se esconden en las grietas mohosas de las paredes de piedras curtidas saben que terminaré igual.
Sigo caminando en el túnel larguísimo, en el pozo sin fondo, y me canso, porque nunca llego. Y me caigo y me doy cuenta, pero no puedo levantarme. Intento por la fuerza hacer que todo cambie y vuelvo a resbalar en el musgo, y caigo a otro charco de agua turbia. Quiero saltar y escalar ese muro que se resquebraja para ver el otro lado, para saber qué me espera, qué me estoy perdiendo. Correr no me sirvió del todo, porque no supe ver que corriendo abrí una puerta, pero no pasé, porque no quise, porque pensé que al correr ya no haría falta atravesarla, que ya habría llegado por un atajo. Pues bien mi niña, nadie te dijo que el viaje fuera corto ni fácil, pero ahora que lo has deducido, usá esa masilla de colores a la que llamás cerebro, y empezá por el cambio. No sé qué es lo que te detiene, ahí está, en frente tuyo, solo tenés que pararte y seguir caminando, para llegar al final del túnel. Pero esto es engañoso, porque si corrés, desaparece.
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