(Esto lo escribí a los 13 años -5 años atrás- en base a un cuento de Julio Cortázar. Ahora tiene leves modificaciones que acabo de hacer al releerlo.)
Se puede confundir muy fácilmente entre la salida del sol al margen del mar y los ojos dorados de un axolotl. Ojos que dividen el mundo en dos mitades y que con un solo gesto asombran y asustan.
Son un pasaje a una realidad aterradora, pero necesaria; una realidad de la que queremos estar alejados, pero nos persigue. Es eso que nos susurra al oído, algo que no queremos escuchar, nos consume en vida, desde dentro, y lo sentimos a donde vamos. Brillan más que nada a la noche y sólo podemos verlos si cerramos nuestros ojos. Nos aterra, nos controla porque nunca van a cerrarse, siempre nos miran.
La estatua rosada es invisible en la oscuridad. A la noche se mueven más que nunca, pero no los vemos. Ellos dominan aquellas pequeñas reflexiones y pensamientos que surgen a medianoche, cuando reina la soledad. Son dioses del pensamiento, la obsesión y el horror. Sus rostros tallados perfectamente lo demuestran, sus pequeñas uñas son lo que les queda de su pasado mitológico. Pasado que en sus deseos se volverá futuro.
Son esclavos de su cuerpo, sus gritos de ayuda son muy agudos para el oído humano, no podemos percibirlos. Ellos lo saben pero siguen dando alaridos de dolor y angustia. Su interior es el nuestro. El cuerpo es sólo un empaque cuya función es guardar los pensamientos dentro de sí. Expresarse, hablar, decir, comunicarse,
ser uno mismo son grandes tentaciones, lujos que tienen prohibido darse. No tienen boca, no pueden representar lo que tienen dentro, su exterior es una farsa, una jaula. Escuchan atentamente lo que no pueden oír, pero saben, aprendieron a comunicarse escuchando.